Propósitos de año nuevo ¿Para qué?

Propósitos de año nuevo ¿Para qué?

Cada año por estas fechas todos nos sentimos envueltos por una marea de buenísimo y grandes propósitos para ayudarnos a transitar por los 12 próximos meses. Si hiciéramos balance a final de cada año, ¿Cuántos de estos hemos realmente conseguido? ¿Cuántos se han quedado a medias o pospuesto para el año siguiente ¿Y cuántos no hemos siquiera empezado? Echando la vista atrás, yo, y me atrevo a pensar que tu también, siento un escalofrío.

Hace exactamente un año, en un entorno de amigos y familia, alguien hizo esta pregunta ¿Cuál es tu propósito para el año nuevo? Uno por uno alrededor de la mesa fue enumerando su lista. Tener más paciencia, pelearme menos con mi hermano, salir a correr todos los días, aprender francés … y así hasta un largo etc … de declaración de intenciones, que me atrevo a decir que no se han cumplido en más de un 20%. Solo una persona, a la que admiro profundamente, mi hijo Lucas, se atrevió a romper la retahíla de buenas intenciones, y dijo, dejándonos a todo boquiabiertos, “Yo quiero pasármelo bien y ser féliz”.

Inicialmente puede parecer la respuesta poco razonada de un “adolescente ramplón”, pero en mi opinión, encierra un gran mensaje y una gran enseñanza. Es importante tener rumbo, tener claro el camino por el que quieres transitar y saber a dónde quieres llegar, por supuesto que si, pero en este viaje que emprendemos cada año, rumbo al año siguiente hay muchos elementos que tu no controlas, lo único que depende de ti es la actitud con la que vas a afrontar cada una de las etapa de este viaje.

Hay etapas que pueden ser más largas o más cortas de lo que esperas.

Pueden aparecer obstáculos con los que no contabas, ni en el más remoto de tus sueños o pesadillas.

En el camino pueden aparecer nuevos compañeros de viaje, unos que vienen a sumar energías y aire fresco, y otros que cargan piedras más pesadas en tu ya cargada mochila.

Cada día al final de la etapa, puedes escribir tu diario y registrar cómo vas respecto a la planificación, que porcentaje de tus objetivos se han cumplido, o agobiarte por lo que no se cumple o irremediablemente no se va a cumplir. Puedes lamentarte por las distracciones, o puedes abrir los ojos y ver qué a lo mejor lo que te aleja de la meta inicial, también vale la pena, se abren nuevos senderos por los que llegar a la meta, y lo más importante, que en esta nueva travesía, que no es la que te habías imaginado, estás aprendiendo cosas de ti mismo que nunca te habías planteado, y te estás rodeando y enriqueciendo con nuevos compañeros de viaje, o con antiguos, que han decidido salir de su línea de comfort y disfrutar de las rutas alternativas.

Si pienso en mis últimos 3 años de travesía profesional, se me escapa una tibia sonrisa. Nada nada ha sido lo que planificamos. Empezamos el 2016 tratando de subirnos a un autobús que nos iba a llevar al 2020, por una ruta con marcado sabor inglés. A mitad de travesía irrumpe en el camino un agente de aduanas americano, que nos impide el paso, a la vez que un Sir inglés se ofrece a ser el capitán de un nuevo barco, con sabor español, que tiene que reinventarse y seguir adelante. Surcamos nuevos mares, saltamos olas y tsunamis durante el 2017, para acabar formando parte en 2018, de una gran flota francesa.

Como he dicho nada de esto estaba en nuestros propósitos de año nuevo, pero lejos de la frustración que esto pudo causarnos, y no voy a negar que ha habido momentos muy duros, prefiero quedarme con las experiencias vividas, y lo que afortunadamente, y no irremediablemente he aprendido. Hago hincapié en esto, porque aunque difícil me ha hecho crecer como profesional, pero sobre todo como persona.

Tengo un recuerdo muy especial para todos aquellos que voluntariamente decidisteis dejar el barco. La ruta podía parecer confusa, o simplemente en vuestro camino se cruzaron nuevos compañeros de viaje. Me quedo con que un pedazo de los grandes profesionales que hoy sois, lo aprendisteis con nosotros. Os deseo todo el éxito en vuestras travesías.

Una gratitud enorme a todos los que decidisteis quedaros a remar, aun a riesgo de que el barco se hundiera con vosotros dentro. Me atrevo a decir que juntos hemos crecido, hemos luchado y seguimos luchando para salir de nuestra línea de Comfort. Solo espero que pese a todo lo hayáis disfrutado.

Siento orgullo por los nuevos talentos que hemos sido capaces de atraer este año a la nave, que vienen con energía, y avalan con su experiencia previa, que esta es una gran empresa para trabajar.

Por último, siento una gran ilusión y un gran respeto por el Grupo Up que tan “cariñosamente” nos ha acogido en su flota. Ilusión por hacer cosas juntos, con la certeza de que no podíamos haber encontrado mejor compañero de viaje, y respeto por los grandes profesionales que hay detrás, además de mejores personas, que afortunadamente en este caso van de la mano, y no siempre es lo habitual. Y respeto por el proyecto profesional que representan, una empresa con propósito y con valores, una empresa de gente buena y buena gente.

¿Propósitos de año nuevo? Por supuesto que hay que tener una meta e ilusión por llegar a ella, pero no olvides, como decía Lucas, que además tenemos que pasárnoslo bien y ser felices, sea cual sea el camino que nos toque recorrer en el 2019.

 

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Por qué un evento tiene que ser una experiencia: El manual.

Por qué un evento tiene que ser una experiencia: El manual.

La respuesta parece sencilla. Un evento tiene que ser memorable, su impacto tiene que perdurar en el tiempo y para eso, la mejor manera de conseguirlo es convertirlo en una experiencia. Un gran todo, que estimule a los asistentes de todas las formas posibles y que les haga vivir tu marca de verdad. Eso debe ser un evento.

Esa es la teoría. Ahora toca arremangarse y ponerse manos a la obra.

¿Cómo se crea un experiencia memorable?

Lo primero y fundamental es tener claro lo que necesitas, lo que buscas, tu objetivo en ese evento en cuestión.

Empieza elaborando un buen brief con todo eso que quieres que tu evento transmita, tu agencia de eventos, interna o externa, lo agradecerá. Si no sabes cómo hacerlo es muy sencillo, responde a esta pregunta: ¿Qué mensaje quieres que se lleven los asistentes a tu evento en la cabeza una vez que este acabe? ¿Qué te gustaría que cuenten? ¿Que recuerden?¿Que sientan? La respuesta es tu brief.

 

Ahora hay que ponerlo en marcha.

Lo primero es darle forma a ese brief, convertir tu idea en un concepto. Ese concepto va ser la piedra filosofal, la columna que vertebre todo lo que suceda en el evento, así que dedícale tiempo a encontrar el mejor. Sabrás que es el mejor si responde a tu necesidad y lo hace de una manera atractiva y que de alguna manera funcione como una llamada a la acción. Tu evento persigue influir en la audiencia, tu público debe salir transformada y para eso un buen concepto que sirva de hilo conductor, es fundamental.

Ya tenemos el concepto. Bien. ¿Qué viene ahora? Vamos a darle forma, a “ponerlo bonito”. Ha llegado el momento de preocuparnos del aspecto gráfico de nuestro evento y eso va mucho más allá de crear un logo, ten en cuenta que la imagen de tu evento está marcada por este paso y que, no lo olvides, todo tiene un mismo fin: crear una experiencia.

 

Todo cuenta

Si un elemento es capaz de ayudarte a crear una experiencia ese es la elección del espacio. Más allá de los aspectos prácticos, aforo, localización, tamaño, lo importante es preguntarse: ¿este espacio contribuye a mi experiencia, responde a ese objetivo que me plantee al comienzo? Si es así, adelante. ¿Hablarías del futuro en un palacio del siglo XVIII? Pues seguramente no, a no ser que tu concepto tenga que ver con hablar del futuro de una empresa que no se olvida de su pasado. Un espacio lanza un mensaje.

Llegados a este punto hemos avanzado bastante, pero todavía nos queda mucho. De hecho nos queda lo más importante, decidir qué va a pasar durante el evento, eso es lo que va a crear la experiencia definitiva. Hace menos de un mes celebramos un evento para un cliente en el que la música era el hilo conductor. Pues bien todos los elementos remitían a ese mundo, el escenario parecía el de un concierto de rock, había música en directo, los asistentes tenían pulseras de colores como las que usaron Coldplay en su última gira, incluso regalamos camisetas de grupos de música a los asistentes.

¿Qué logramos con todo ese despliege? Momentos verdaderamente electrizantes, con el público levantado de sus asientos, bailando, aplaudiendo y sacando fotos de lo que estaba sucediendo en el escenario. La imagen más clara de lo que una experiencia debería ser. Y un buen ejemplo de lo que se puede conseguir con un mensaje claro y siendo coherentes en cada elemento de comunicación.

Eso no quiere decir que tu próximo evento necesite músicos de rock, altavoces gigantes y cañones de confeti. No es eso lo que queremos contarte. A lo mejor tu próximo evento tiene lugar en un huerto urbano rodeado de calabacines. Si lo que vas a contar es que estamos sembrando para lograr un futuro mejor para todos, ese debería ser tu evento. Esa sería tu experiencia.

Porque para cada objetivo tenemos una solución, y todas crean una experiencia: Te ayudamos a entregar la mejor a tu audiencia.

Como nuestro cliente, tú también puedes conseguir muchos “bises”

 

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Adiós vacaciones. Hola motivación. Cómo rentabilizar el síndrome postvacacional.

Adiós vacaciones. Hola motivación. Cómo rentabilizar el síndrome postvacacional.

Advertencia: la persona que firma este artículo todavía no se ha ido de vacaciones, sin acritud. Dicho esto, vamos a hablar del temido síndrome postvacacional. Pasados los dos primeros días en los que nos hemos peleado por ver quién viene más moreno, a quién le han timado más en un chiringuito, o quién ha ido al destino más exótico, toca enfrentarse a la cruda realidad. 400 emails en la bandeja de entrada. Empezamos bien. Y eso que no has podido evitar conectarte desde la playa y ya has contestado a los 50 más importantes.

¿Por qué nos cuesta tanto volver al trabajo?

No es por los mails, no es por la vuelta a la rutina, no es por tener que madrugar, si te cuesta trabajo volver al trabajo es porque seguramente antes de ir de vacaciones tampoco ibas especialmente motivado y ese es el problema real. Necesitamos ir al trabajo motivados cada día, antes y después de las vacaciones. Ahí está el verdadero reto.

 

No es duro volver al trabajo. Lo duro es volver a lo de siempre.

¿Recuerdas cuando tenías que volver al cole después de vacaciones? Ahí también había drama, pero menos. ¿Por qué? Pues porque en la vuelta al cole el componente de vuelta a la rutina no era tan alto, volvías al mismo espacio con la misma gente, pero todo lo demás era nuevo: Nuevas asignaturas, nuevos profesores, nueva aula, nuevo material escolar… La novedad ganaba. Ahí estaba la motivación.

Así que, convirtamos la vuelta al trabajo en una vuelta al cole. Llenémosla de novedades. ¿Cómo? Replicando exactamente todo lo que hacía excitante la vuelta al cole. Donde antes hablábamos de nuevas asignaturas, ahora podemos hablar de nuevos programas de formación y motivación. Los nuevos profesores pueden convertirse en profesionales que den charlas inspiracionales a tus empleados. Con las nuevas aulas no hace falta que te vuelvas loco, no hace falta que renueves tus oficinas, pero cambia algún detalle, pon un simple cartel de bienvenida en la entrada, compra unas plantas, escribe un mail de ya estoy aquí a tus compañeros. ¿Sencillo verdad?

Si hacemos de cada día en el trabajo una experiencia nueva no tendremos que preocuparnos del síndrome postvacacional.

 

Entrando en el Q4 con ganas.

Dicho esto no podemos perder de vista que con el fin de las vacaciones llega el comienzo del Q4, esos tres meses en los que parece que se acaba el mundo. Objetivos que cumplir, proyectos que acabar, presentaciones a las que dar el último empujón, todo se junta y eso nos agobia. Por eso ahora más que nunca motivar a los empleados es imprescindible. Tenemos que hacer que pasen de pensar que se lo juegan todo, a que piensen que lo pueden ganar todo. Ese cambio de mentalidad es fundamental.

¿Y cómo podemos conseguir ese cambio? Con objetivos realistas, y programas de motivación e incentivos que fomenten el engagement y el reconocimiento. Y aprovechando todo lo bueno que tiene la vuelta de vacaciones. Hemos descansado, hemos desconectado, es ahora cuando podemos dar lo mejor de nosotros mismos. Busca ayuda de profesionales y crea un programa de motivación a la medida de tus empleados y tus objetivos.

Así que, aprovecha el momento y usa todos los elementos que tienes a tu alcance para reilusionar a tus empleados con el trabajo. Que ya no queda nada para las vacaciones de Navidad.

 

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Pon un gamer, o dos, en tu vida.

Pon un gamer, o dos, en tu vida.

“Pon un gamer, o dos, en tu vida” debería ser el nombre de una campaña de Recursos Humanos. Y, es que, aunque la definición de gamer es esa persona que se caracteriza por jugar con gran dedicación e interés a videojuegos y por tener un conocimiento extenso sobre estos, un gamer es más que eso.

Según Jane McGonical (@avantgame), “los gamer son individuos optimistas con superpoderes, que creen que individualmente pueden cambiar el mundo.” Y siendo así, ¿quién no quiere tener uno a su lado?

Sin saberlo puede que ya vivas o trabajes rodeado de gamers, así que vamos a darte algunas pistas para que puedas detectarlo, o incluso saber si tú eres el gamer.

 

Los superpoderes del gamer

Los gamers cuentan con unas habilidades especiales, fáciles de identificar:

Son optimistas: los verdaderos gamers tiene la necesidad de actuar de forma inmediata para superar cualquier adversidad que se le plantee en el juego. Siempre con la esperanza de que va a conseguirlo, que debe intentarlo y tiene que ser en ese momento.

Son sociales: aunque pueda parecer lo contrario a la imagen que tenemos de un gamer, los lazos que se establecen entre ellos. Después de pasar su tiempo con una persona, utilizando las mismas reglas y con un mismo objetivo, se genera entre ellos confianza y cooperación, algo que va más allá de ganar o perder, es el hecho de compartir la experiencia que les une.

Son muy productivos: todo buen gamer busca siempre conseguir el mejor resultado, pero siendo consciente de que cuenta con las habilidades y las herramientas necesarias para conseguirlo, entonces dará el 200% para alcanzarlo.

Son valientes: más allá del optimismo, un gamer busca vivir misiones impresionantes y únicas. Busca superar grandes retos que le aporten nuevos conocimientos.

Y si ahora tuvieras que decir el porcentaje de gamers que hay en tu empresa ¿cuál sería?

 

La gamificación no son solo juegos.

Está demostrado que en las organizaciones donde la gamificación forma parte del día a día, el porcentaje de gamers aumenta considerablemente. Y es que, aunque la gamificación no son juegos, sino el uso de técnicas, dinámicas y elementos de juego en entornos no lúdicos con el objetivo de mejorar el compromiso, la creatividad y la productividad.

Puede que en tu empresa no se realicen acciones de gamificación, pero que no cunda el pánico, todavía puedes encontrar al gamer que hay en ti.

Una buena manera de empezar es diseñar, planificar y realizar pequeñas acciones que involucren a todos los colaboradores. Programas de transformación cultural, de reconocimiento, programas de incentivos, procesos de selección, y en cada uno de los momentos del ciclo de vida del employee journey, todos son escenarios perfectos para implementar la gamificación en diferentes grados y conseguir ser y rodearse de auténticos gamers.

 

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No eres tú, soy yo.

No eres tú, soy yo.

“No eres tú, soy yo”. Así fue como hace años comencé una conversación con el que era mi jefe para comunicarle que dejaba la compañía. Me había dado cuenta de que, aunque hacía un trabajo que me encantaba, ese no era el lugar donde yo necesitaba estar en ese momento.

A pesar de haber cumplido mis objetivos, nadie en la compañía valoraba que lo hubiera conseguido mucho antes de lo esperado y, cada una de las nuevas ideas propuestas tenían una única respuesta “eso no es para aquí”.

 

Todos conocemos la teoría sobre cuidar las relaciones personales, pero muchas veces caemos la rutina del “día a día” y se nos olvida que trabajamos con personas. Y si a esto le sumamos que la forma de trabajar está cambiando, pasando de trabajar en distintas áreas separadas por paneles a trabajar en equipos trasversales, donde el empoderamiento y la autogestión de cada individuo son imprescindibles, tenemos que ser capaces de adaptarnos para ofrecer a nuestros colaboradores el mejor lugar en el que quieran trabajar.

 

Los programas de reconocimiento han utilizado siempre elementos de gamificación para articular sus mecánicas: puntos de valoración, emblemas para categorizar los logros, rankings donde mostrar a los mejores colaboradores; pero ya no es suficiente. Existen estudios sobre motivación para empleados que indican que un 89% de las empresas cuentan con programas de incentivos y/o reconocimiento, pero solo el 40% de los empleados afirma sentirse apreciado en su lugar de trabajo.

 

Y es que ahora queremos que nos quieran: queremos más followers en redes sociales, más me gusta y más comentarios en nuestras publicaciones, e incluso que el número de visualizadores de nuestros Stories sea cada vez mayor. Ya no solo se trata de números, queremos que nos digan lo que hacemos sentir, y lo que más valoramos es que lo digan nuestros primos, nuestros amigos, familiares y nuestros compañeros de trabajo… Porque, señores, pasamos de media unas 1760 horas con nuestros compañeros de trabajo. Por esa razón, los programas de incentivos y/o reconocimiento comienzan a dar voz a los propios colaboradores para que ellos formen parte también de la valoración de compañeros, responsables, partners,…

 

Así que puede que estemos en la era de la transformación digital, y que haya quien diga que solo nos comunicamos con otros de “pantalla a pantalla” y que hemos perdido el arte de conversar, pero personalmente creo que hemos encontrado otra forma de comunicarnos, de crear nuevas relaciones y de cuidar las que teníamos. Hemos encontrado una nueva manera de relacionarnos. Hemos encontrado una nueva manera de compartir lo que pensamos.

¿Y tú ya sabes cuánto te quieren?

 

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¿Open space? Mejor open mind.

¿Open space? Mejor open mind.

¿Open Space? Mejor open mind.

 

Después de haberse convertido en la panacea universal, en la solución definitiva a todos los problemas que planteaban las oficinas tradicionales, parece que ya ha llegado el momento de hablar mal del concepto open space en la empresa. Pero calma, antes de ponerte a levantar tabiques, para un momento y piensa, ¿qué es lo tu negocio necesita? ¿Refleja ese espacio tus valores? ¿Es coherente con tu negocio? ¿Favorece el engagement de tus empleados?

 

Lo cierto es que el concepto open space no es bueno ni malo, simplemente y como todo en esta vida la cosa va por modas. ¿Te acuerdas de cuando los huevos, el aceite de oliva y el pescado azul eran satán? Ahora resulta que no pueden faltar en nuestra dieta y que son lo más. Pues a los pobres open spaces les pasa un poco lo mismo. Ni antes eran tan buenos, ni ahora son tan malos. Así que antes de remodelar, otra vez, tu oficina, sigue leyendo.

 

¿Pero cómo no va ser bueno algo que usan en Google?

Parece que esa ha sido la lógica que se ha impuesto en las cabezas de todos los directivos de este país y del mundo. Si es bueno para los chicos de Silicon Valley es bueno para mí, y eso no es necesariamente cierto.

 

De nuevo, solo hace falta un poco de sentido común. Las empresas de Silicon Valley nacieron así, abiertas, con jefes de treinta y cuarenta años que nunca se habían sentado en un despacho y que estaban más cómodos dirigiendo su empresa sobre una gran pelota de goma y organizando reuniones alrededor de mesas de billar. ¿Cuántos jefes has conocido así en tu vida laboral? Exacto.

 

La edad media de los que se sientan en los consejos de administración de las empresas del Ibex es de 61 años, según la compañía de cazatalentos Heidrick and Struggles. No parece que tengan mucha pinta de moverse en patinete por la oficina, ni tan siquiera de quitarse la corbata. Pero no perdamos la esperanza.

 

Las dos caras del concepto open space

En los espacios abiertos, las ideas, las conversaciones y los proyectos fluyen. La música, las distracciones y los “vamos a tomarnos un cafecito” también.

 

En los espacios abiertos las jerarquías se diluyen y los jefes se vuelven accesibles. Eso implica que corbatas y zapatillas conviven y que dos culturas y dos generaciones trabajan juntos por primera vez, y hay empresas que simplemente no están preparadas, o no lo necesitan.

 

En los espacios abiertos se multiplican las posibilidades de generar equipos multidisciplinares, en las que se creen sinergias interesantes y todos puedan aportar a los proyectos. Por contra la sensación de pertenecer a un determinado departamento se diluye.

 

Los espacios abiertos son más baratos de construir, eso es cierto, pero luego empiezan los peros. Abierto, pero con mini salas para poder hablar por teléfono. Abierto pero el jefe al final se ha empeñado en tener un despacho, solo por si acaso. Abierto para fomentar la comunicación, pero al final todos acabamos con los cascos puestos para poder concentrarnos.

 

De nuevo, calma y coherencia, los espacios abiertos son buena idea para negocios que se adapten bien a ese sistema, con plantillas pequeñas y jóvenes, en las que los equipos multidisciplinares son necesarios.

 

Sin paredes, sin sitios asignados y sin horarios. ¿Es ese el futuro?

Adoptar el concepto open space y llevarlo hasta sus últimas consecuencias implica aceptar otra serie de compromisos. Se acabaron los espacios asignados, la idea es que cada día los empleados ocupen un espacio diferente, que se relacionen con personas distintas, que salgan de su zona de confort, el siguiente concepto que se pasará de moda, tiempo al tiempo. ¿Es bueno? Seguro. ¿Es práctico? Depende de lo bien organizado que esté el sistema, si cada mañana la primera media hora en la oficina se convierte en una experiencia similar a buscar aparcamiento en el centro, mejor olvídate.

 

Se empieza cuando se empieza, se acaba cuando el trabajo está hecho.  Se acabaron los horarios. ¿Lógico no? La verdad es que sí, pero no nos engañemos, venimos de una cultura en la que parecía que el último en irse es el que más trabajaba y claro, a todos nos cuesta marcharnos de la oficina media hora antes de la hora oficial, más en un espacio abierto en el que tu jefe te tiene a la vista en todo momento.

 

Así que antes de platearte una reforma, de tirar o construir tabiques, piensa. ¿Qué necesita tu empresa? Y recuerda, lo mejor para trabajar en las condiciones óptimas y generar sinergias interesantes es tener la cabeza abierta, no necesariamente los espacios. Así que, open space, depende, open mind, siempre.

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