La gestión del cambio en las organizaciones: hora de cambiar
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Ya no quedaba nadie en la salón de juntas salvo él.

En la carísima mesa de caoba, que evocaba unos tiempos pasados en los que la compañía no tenía competencia, solo quedaba su vaso de agua y los restos de las notas en las que había dudado entre escribir su renuncia, la lista de la compra o, por qué no, una detallada carta de suicidio laboral. La penumbra era casi absoluta y, mientras veía caer el sol en el cielo de Madrid, una sensación de agobio nació del apretado nudo de corbata. Se podía pensar que las cinco horas de reunión podían tener la culpa, pero la angustia había surgido principalmente de los choques, las discusiones y la desconexión total entre los responsables de las distintas áreas que un día lejano habían formado un equipo unido y brillante.

Habían pasado muchos años desde que cogió el timón de una empresa que más de una vez zozobró con los vaivenes de los balances y el encrespado oleaje del IBEX 35, un barco enorme que a día de hoy no era más que una cáscara hueca que se había lanzado a un océano lleno de submarinos enemigos, con la única protección de la tradición y un espolón de proa con el logotipo oxidado por el salitre.

Los tiempos habían cambiado, pero lo que más le asustaba es que lo habían hecho de una manera que finalmente se había escapado a su control. El talento ya no se molestaba en subir a la cima de la montaña para llamar a su puerta, ya que a su alrededor podía encontrar empresas frescas en las que brillar, empresas en las que hasta a él le habría motivado trabajar si pudiera romper su DNI y volver a la treintena.

Solo un suspiro rompió el silencio con el que recogió los papeles, dejando atrás la penumbra y volviendo a la realidad con la que le golpeó la luz de los fluorescentes de la sala principal. El nudo de la corbata cada vez le apretaba más, mientras de camino a su despacho se fijaba en la sucesión de cubículos ocupados por hombres y mujeres excesivamente encorsetados, pero sobre todo, el ahogo le paralizó al fijarse en sus caras, rostros de personas grises que soñaban con un futuro brillante lejos de la sombra de un nombre y un logotipo que sobrevivía únicamente a la espera de que el próximo meteorito lo acabara borrando de la faz de la Tierra.

La tranquilidad de su despacho no consiguió frenar el vértigo, y al girarse y ver su reflejo en el espejo, la imagen de ese desconocido le hizo acercarse lentamente a la pared. No podía ser cierto que su aspecto fuera el de ese anciano cohibido dentro de un traje caro, no podía creer que esa ambición que tenía hace años hubiera desaparecido y, no, no podía permitir, que bajando los brazos fuera a dejar caer a ese hijo gigante que simplemente tenía que dejar de llorar para coger impulso de nuevo y volver al patio junto a los demás niños.

Un atisbo de ilusión relampagueó en su cabeza, tenía que ponerse manos a la obra, tenía que buscar la manera de relanzar lo que parecía muerto buscando nuevas ideas que limpiaran la atmósfera que se había instalado a su alrededor. Nuevas ideas de gente fresca, gente que hablara desde el filo del abismo y no desde el fondo, en definitiva, gente que pudiera traer la frescura que habían perdido tantos años atrás.

“Ha llegado la hora del cambio”

Se dijo a si mismo dando la espalda al espejo, y recibiendo a la noche mientras guardaba la corbata en el cajón y desabrochaba el último botón de la camisa con una sonrisa en los labios.